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Jota Dominguez

El trabajo de Jota Domínguez comienza siempre antes de la obra; en algunos casos, años antes, en otros, décadas. Lugares, músicas, viajes, culturas y experiencias permanecen con una intensidad que el tiempo no necesariamente debilita y que no siempre puede explicarse con palabras. Su práctica nace de esa persistencia: de investigar cómo color, materia, espacio, geometría y composición pueden evocar emociones, sensaciones, anhelos y recuerdos sin necesidad de representarlos.

Formado inicialmente como ingeniero de estructuras, acostumbrado a analizar tensiones, relaciones y equilibrios de fuerzas entre elementos diferentes, Domínguez incorpora de manera natural esa mirada a su práctica artística. A esta formación técnica se suma una extensa formación en marketing y una trayectoria profesional internacional en dirección y estrategia, parte de ella vinculada al branding, la comunicación y el diseño, territorios donde percepción, significado, identidad y lenguaje visual son fundamentales. Estas distintas formaciones y experiencias confluyen en su manera de investigar la obra: estudia materiales, relaciones, paletas, pesos, tensiones y estructuras; dibuja, prueba y descarta antes de intervenir sobre el soporte.

Al comenzar la obra, la naturaleza de ese trabajo cambia. Cada decisión altera las condiciones de la siguiente: una forma cambia un vacío, una textura modifica un color, una capa descubre una relación inesperada. Lo investigado establece una dirección, pero la obra introduce continuamente nueva información. El proceso consiste entonces en observar, comprender y decidir desde aquello que está sucediendo. La materia encuentra su forma a través del proceso.

De esa interacción surge un lenguaje construido sobre relaciones y opuestos: geometría y gesto, orden y accidente, densidad y vacío, superficie y profundidad, materiales de distinta naturaleza. Su prolongada relación profesional y personal con Japón ha dejado además una sensibilidad interiorizada hacia el intervalo, el silencio, el equilibrio imperfecto y aquello que puede permanecer sin declarar.

Domínguez no busca ilustrar un recuerdo ni traducir una emoción en una imagen. Busca establecer las condiciones materiales y perceptivas capaces de hacerlas resonar de nuevo: que una determinada relación entre un azul y un vacío pueda contener distancia; que el peso de una forma produzca tensión; que una superficie erosionada active memoria; que una interrupción, un borde o un intervalo hagan sentir ausencia, expectativa o equilibrio. La obra se convierte así en una forma concreta de investigar aquello que conocemos íntimamente —emociones, recuerdos, sensaciones, deseos, anhelos— pero que rara vez sabemos explicar con la misma precisión con la que podemos sentirlo.

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